sábado, 12 de septiembre de 2015

Cultura de la subvención


No es nuevo. Ya a principios de los cuarenta del pasado siglo -lo contó en el noveno congreso del Carnaval Yolanda Moreno- el ayuntamiento cedió a la Sociedad Gaditana de Fomento -formada por industriales y comerciantes- la organización de las fiestas tradicionales, cediendo la explotación de las sillas que se ponían por las calles y otorgándoles una subvención para ayudar a sufragar los gastos. Pero no duró mucho. Antes de terminar la década, el municipio recuperó el control, creando una Comisión de Fiestas que se encargó de la organización de los festejos.

Pero a principios de los años ochenta, con el PSOE en el gobierno municipal, comenzó a gestarse la que se puede denominar Cultura de la Subvención. Desde el ayuntamiento comenzó el reparto de subvenciones, y desde entonces, hasta este mismo año, el presupuesto de subvenciones y las entidades subvencionadas, no han dejado de crecer, hasta convertir la subvención en lo que no es: un derecho adquirido.

Y como derecho adquirido, la idea original de la subvención se ha adulterado. Lo que debería ser auxiliar a alguien que tiene necesidades reales, se ha transformado en una ayuda para gastos prescindibles, a veces superfluos.

Pero más de treinta años de subvenciones, casi siempre buscando clientelismo político, han hecho mucho daño y ahora con cualquier excusa se exige -no se pide, se exige- una subvención. Para organizar una fiesta flamenca, un concurso de Carnaval, un desfile procesional o para lograr un local donde establecer una peñita de amigos. Y la excusa es siempre la misma: lo hacemos por Cádiz, por las tradiciones gaditanas, por el pueblo...

La realidad es que, después, con la subvención, la Peña Los Peñistas, organiza un festival carnavalesco en la que las sillas están reservadas para socios -el público general se queda de pie- y hay una zona VIP, es decir, un fiestorro para socios y amigos, gasto en copas y jamón cuya factura sirve para justificar la subvención. O que en la Casa de los Topamí -es decir, una sala de un edificio municipal, convertida en bar y mantenida con la subvención pública-, solo pueden entrar socios y amiguetes de los directivos. O que la subvención, además de para flores, sirve para financiar la copa de fraternidad tras el ceremonial de culto.

Cádiz está inmersa en la Cultura de la Subvención, una cultura muy gaditana en la que la subvención ya no es un favor, una ayuda, se ha convertido en un derecho adquirido e intocable, por eso pedir que se revisen las cuantías, que se recorten gastos innecesarios, se considera una ofensa, un ataque a las tradiciones, a los gaditanos, y así lo reiteran los que, cuando la reciben, se olvidan de que es dinero público que hay que fiscalizar.

Sin dudas, excepto las que tengan finalidad estrictamente social, las que en verdad respondan a la idea primigenia de lo que es una subvención, habría que suprimirlas. Por el bien de Cádiz y el bolsillo de los gaditanos.

3 comentarios:

Luis dijo...

Estupendo artículo. Totalmente de acuerdo con usted.

Gracias

Luis

Ana dijo...

Una reflexión que suscribo de principio a fin.
El subvencionismo (admítase el palabro) mal entendido, como "derecho" generalizado de todas las personas y colectivos se ha arraigado y extendido tanto que se exige para cubrir el 100% de cualquier actividad. Lo hacen entidades que gozan de espacios públicos, a veces en BIC (Bienes de Interés Cultural) cuya conservación y cuidados no cumplen. El gratis total pretenden que se extienda a las facturas de agua, luz, teléfono e internet sin control de consumo. Eso sí, con tarifas de "guante" si alguien utiliza las instalaciones para un cumpleaños u otra celebración.
Cuando el Ayuntamiento pide la justificación del gasto y/o la memoria de actividades, el/la baranda de turno pega un respingo, levanta la nariz cual dama ofendida en su honor y proclama a través de los Medios que le dan cuelo: "Mira que pedirme cuentas a mí, que lo he dao tó por... (peña, asociación o colectivo de que se trate).
Una costumbre admitida que debe ser revisada y reducida al máximo hasta que se entienda que lo público es lo de todos, no lo que es de nadie.

Juan Carlos Borrell dijo...

Que razón tienes Alberto...