Es muy probable que si hubiera sido un chaval lo hubiesen calificado de chiquillada o gamberrada, pero el turista, español que se encaramó al pedestal de Carlos Edmundo de Ory, no era un jovencito.
Tras su "discurso", se produjo un efecto llamada, más de media docena de turistas, españoles, de diferentes edades, lo imitaron.
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